Psmith in the City by P. G. Wodehouse

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Wodehouse, P. G. (Pelham Grenville), 1881-1975 Wodehouse, P. G. (Pelham Grenville), 1881-1975
English
Ever wonder what would happen if a charming, silver-tongued eccentric got stuck in a boring office job? Meet Psmith (the 'P' is silent, thank you). In this gem from P.G. Wodehouse, our hero finds himself reluctantly working at the New Asiatic Bank, surrounded by ledgers and unimaginative colleagues. But Psmith doesn't just accept his fate—he declares a personal war on boredom. Watch as he turns the dreary world of finance upside down with his elaborate schemes, impeccable manners, and complete refusal to take anything seriously. It's a hilarious rebellion against the daily grind, proving that even the most soul-crushing job can't crush a truly inventive spirit.
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importancia no me obligaran a permanecer por ahora en Burgos. —Pero es necesario que no echéis en olvido que con el rey ha quedado el nuestro siempre terrible adversario abad de San Andrés, sostenedor por interés propio de las pretensiones de la reina madre, enemiga declarada de la parcialidad a cuya frente figura uno de los más ilustres caballeros de Castilla. El abad, aprovechándose de nuestra momentánea ausencia, influirá inmediatamente en el ánimo del rey para conducirle a lo que él llama su buen camino. —Basta, por Dios, buen conde; la influencia de la palabra es pasajera; la de la espada, y esta es la mía, dura, en estos tiempos de desgraciados azares tanto como el más largo reinado del más débil monarca, y va veis si tiene aplicación... —Oh, sí, sí; niño y débil el rey, y los tiempos de intestinas guerras, largo, muy largo debe ser el verdadero reinado del más ilustre de los guerreros y el más querido de las in... —¡Silencio! —dijo el apuesto caballero, concluyendo entre dientes una frase que no dejó murmurar a su compañero. Y tendiéndole su diestra, añadió en alta voz: —Si os agrada, seguidme a casa del judío Juffep Aben-Ahlamar, donde podremos continuar nuestra plática. No bien acabara de pronunciar estas palabras, cuando resonó por todo el ámbito de la plaza un grito unánime que decía: —¡La gitana! ¡La gitana! El eco de esta voz atronadora, que llegó mal apagada al lugar en que conversaban nuestros dos misteriosos personajes, entregados enteramente a sus planes políticos, vino a distraerlos lo bastante para que corrieran ambos a averiguar la causa de aquel repentino alboroto. En el ángulo de la plaza contiguo a la casa de donde acababan de salir los dos caballeros, había un grupo de gentes del pueblo que se estrechaban y comprimían entre sí para escuchar la argentina voz de una hermosa gitana pronta a decir a los que a ella se llegaban el secreto de sus vidas o los misterios del porvenir. Era la gitana una niña de catorce a quince años, y ya su rostro revelaba los tesoros de voluptuosidad y belleza que parece ser patrimonio de las hijas del Oriente. Sus grandes y rasgados ojos negros estaban velados por una arqueada y larga pestaña; su cutis, quemado por los rayos del sol del mediodía, era sin embargo finísimo; su talle era esbelto y aéreo, como el de los seres ideales que pueblan el paraíso del falso profeta; su voz, pura y argentina, vibraba en el corazón de sus entusiasmados espectadores como una sentida nota; sus maneras eran expresivas y de graciosa desenvoltura, a pesar del pobre traje que la cubría, y era, como el de todas las hijas del pueblo, una tunicela de tosco buriel con bandas y rapacejos, ceñida a su delgada cintura por una correa negra, de la que pendía una escarcela de la misma clase donde guardaba el dinero que recogía de sus generosos parroquianos. Acompañábala una mujer anciana vestida aun mucho peor que ella, cargada de espalda y de rostro repugnante y asqueroso. Sus ojillos verdosos y siempre húmedos se abrían extraordinariamente de alegría, cuando la joven metía algún dinero en la escarcela de cuero. La bella gitana alcanzó a ver a dos hombres de gallarda presencia y de nobles y delicados ademanes cubiertos de pies a cabeza con ricas armaduras de bruñido acero, que pugnaban por llegar adonde ella estaba. Entonces dijo, esforzando cuanto pudo la voz: —¿Quién quiere que le diga la buenaventura? —¡Yo! —repuso uno de los armados, abriéndose paso por entre aquella masa compacta, y penetrando en el círculo donde...

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If you've ever had a job that made you want to scream into a filing cabinet, you'll feel for Mike Jackson. He's a cricket-loving young man forced into a clerk's position at the New Asiatic Bank in London. His saving grace? He's reunited with his old school friend, the one and only Rupert Psmith. Psmith views the bank not as a workplace, but as a fascinating social experiment and a platform for his unique brand of chaos.

The Story

Mike is miserable, counting the minutes until he can escape. Psmith, however, treats the bank like his personal stage. He befriends the office boy, dissects the personalities of their superiors with theatrical precision, and generally operates as if he's a visiting dignitary rather than an employee. The plot isn't about heists or corporate espionage; it's about the quiet, brilliant sabotage of workplace monotony. Their main goal becomes finding a way out for Mike, leading to a series of wonderfully absurd plans and encounters.

Why You Should Read It

This book is pure, undiluted Wodehouse joy. Psmith is one of his greatest creations—a man so utterly self-assured and eloquent that he can talk his way into or out of anything. The humor doesn't come from slapstick, but from Psmith's flawless logic applied to illogical situations. It's a love letter to friendship and a masterclass in maintaining your identity in a world that wants to stamp you into a boring mold. Reading it feels like getting away with something.

Final Verdict

Perfect for anyone who needs a laugh after a long day, fans of witty dialogue, or those who believe a well-turned phrase is the best weapon against drudgery. It's also a great, early entry point into Wodehouse's world if you haven't met Jeeves and Wooster yet. You'll finish it with a smile and a sudden urge to call your most entertaining friend.



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Edward Perez
1 year ago

My professor recommended this, and I see why.

5
5 out of 5 (1 User reviews )

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